Un silencio incómodo llena la cafetería de repente. Scott examina al bad boy, y Jessica tiene los ojos como dos bombillas de la impresión; temo que en cualquier momento se le salgan y se quede tuerta.
—Cariño, ya mi turno terminó. Si quieres, me puedes llevar a mi casa —digo, con una actuación digna de un Oscar. Tanto el chico de ojos verdes como Scott abren la boca impresionados, y ya me estoy aburriendo de sus ridículas reacciones. ¡Tampoco es para tanto!
—¿Quién es él? —interpela Scott, claramente afectado e incrédulo de la escena “romántica” que el bad boy y yo estamos protagonizando.
Oh, ya le volvió la voz al niño especial. Le está apuntando a mi supuesto novio de una forma brusca, y yo trato de disimular la risita de satisfacción que me retuerce los labios.
—No es tu asunto —lo confronto como gallito, y él hace una mueca.
—Tienes razón. —Se limpia la nariz, aunque no tiene moco—. ¡No es mi maldito problema! —Este niño sí es agresivo. Llevo mi mano a mi pecho con fingida impresión; en cambio, Scott me mira con ganas de acabar con mi existencia. Entra a la cocina refunfuñando, y la señorita coquetearía le entrega el batido al bad boy, toma el dinero, le sonríe como miss universo y corre tras Scott.
—¡Siéntate aquí! —El bad boy depravado palmea sus piernas—. Después de que terminemos el batido, te llevo a tu casa. —Sonríe como un pervertido maniático, y es cuando yo me arrepiento de mis actos. ¿En qué lío me ha metido mi personalidad compulsiva?
Pero como nunca actúo como debería, obedezco al modelo de pinta ruda y me estremezco con el contacto. Él toma el vaso y lo acerca a mi rostro; agarro el sorbete y aspiro la deliciosa y cremosa bebida. Está tan deliciosa y yo tan sedienta que no me detengo. Aspiro y aspiro hasta que el sonido del recipiente vacío me hace caer en cuenta de que me acabé toda la bebida.
¡Ups!
—¿Es en serio? —El chico mueve el recipiente con incredulidad. Sus ojos se ven turbados, como cuando le quitas un dulce a un niño—. ¿Sabes que tendrás que pagar por esto?
No me deja replicar porque me arrastra a la salida.
—¡Espera! Debo buscar mis cosas y dejar el delantal —le informo.
El bad boy se detiene y me mira con advertencia.
—Cinco minutos y contando —me advierte mientras me muestra su palma abierta, haciendo alusión al número.
¿Quién se cree este?
Bueno, hoy haré las cosas a su manera porque no me quiero ir en bus. En tiempo récord estoy afuera de la cafetería y observo la moto con gran emoción. Sí, amo las motos, y tuve que renunciar a la mía cuando papá lo perdió todo. Espero pronto comprarme una.
Me pongo el casco y me abrazo al bad boy. Vaya, se siente muy bien su espalda. Es injusto que existan personas tan atractivas y luego exista yo. ¿Por qué no pude tener un poco más de encanto?
Oh… Esto es delicioso… La brisa golpeándome, la adrenalina de la alta velocidad y el riesgo de que la policía nos detenga y multe al modelo bad boy por correr a la velocidad de Flash, todo es excitante y divertido. Grito como loca eufórica y abro los brazos extasiada con la libertad que siento en este momento.
Esperen… este no es el camino a casa. La velocidad no me permite expresarle al bad boy que ha tomado el sendero equivocado, y algo me dice que lo hace a propósito. ¡Demonios! Este depravado de seguro me viola, me mata, me pica en pedacitos y tira mis restos por un precipicio.
Empiezo a moverme como loca, y él me palmea la pierna para que me quede quieta. Oh, no, primero muerta por mi cuenta antes de ser violada y asesinada.
Ok… A veces exagero, pero este chico no me inspira confianza.
Detiene la moto en una casucha abandonada cerca de la carretera que está rodeada por la infinita nada, ah, y árboles.
Se apea, pone su casco sobre la moto, toma sus cosas y se introduce en el intento de casa.
¡No lo puedo creer!
Corro tras él profiriendo todo tipo de maldiciones.
—¡Oye, tú! —Lo jalo de la chaqueta, y él gruñe de hastío.
—¡Deja de ser tan fastidiosa! —espeta en mi cara, y yo me tapo la boca, estupefacta de su cinismo.
—¡Esta no es mi casa!
—Vaya, tonta. Tu nivel de inteligencia subió un uno por ciento.
Idiota.
—¡Llévame a mi casa! —ordeno con histeria, pero me ignora por completo. Entramos al lugar, y mis ojos se abren de la sorpresa. Hay muchos cuadros aquí, así que el bad boy es un artista. ¡Vaya paradoja de la vida!
Empiezo a mirar y a toquetear como niña pequeña, por lo que él arruga la cara.
—Ten cuidado con eso; no vayas a arruinarlo.
Entonces sonrío maliciosa y me acerco a un hermoso cuadro.
—Llévame a casa —exijo, amenazante.
—Cuando termine aquí —responde quitándose la chaqueta y la camiseta. Oh, benditos abdominales, six-packs, bíceps, tríceps, cuadritos, triangulitos y todas las figuras geométricas. ¿Es posible estar tan bueno?
Dejo de babear y mirarlo como loba hambrienta, y me cruzo de brazos. Tomo una cuchilla y la pongo sobre la pintura.
—¡Quiero ir a casa, ahora! —amenazo.
—Toma un taxi —responde, haciendo caso omiso a mi mirada de psicópata.
—¿No te importa tu hermosa pintura? —Uso un tono más malvado; sin embargo, él empieza a mezclar colores y examina el lienzo blanco que arregló en el caballete minutos antes.
Debo ser muy mala extorsionando.
—¡Oye, patán de mierda! —Le hago una pequeña rayita al cuadro, y el chico salta como loco desquiciado sobre mí. Dejo caer la cuchilla, asustada, y tropiezo con mi propio pie. Caigo sobre una pequeña mesa antes de que él pueda atraparme, y las pinturas sobre esta terminan en el suelo, salpicando mi pantalón blanco.
¡Perfecto!
Me indigno y grito de la ira al ver al bad boy reírse de mí.
Estúpido, idiota, poco caballeroso.
—¡Esto es tu culpa! ¡Mi pantalón! —me lamento con ojos llorosos, y él se me acerca. Me quedo ensimismada al verlo desabrochar el botón de mi pantalón. Tiemblo como gelatina y lo miro espantada.
—Lo lavaré antes de que se manche —aclara. Como si eso justificara el hecho de que me está desnudando.
—¡No me desnudaré frente a ti!
Él solo ríe como si hubiese dicho una idiotez. Me carga, me tira sobre un pequeño sofá —que, por cierto, es el único mueble aquí, además de la silla frente al caballete—, me jala el pantalón, y yo quedo expuesta ante un chico que parece modelo, tiene el torso desnudo y, para colmo, estamos solos en medio de la nada. ¡Tan perfecto como una novela erótica!
¿Puede haber algo más cliché que esto?
Él se va a lo que parece ser un baño y escucho ruidos. Minutos después vuelve y se sienta a mi lado.
—¿Mojaste mi pantalón? —cuestiona, perdiendo la paciencia.
—Corrijo, lavé tu pantalón.
—Sabes que no llegará a secarse, ¿cierto? —Lo miro como si fuera un idiota, bueno…, eso es él.
—Pero estará limpio. ¡Eres una malagradecida! No tengo secadora, así que lo dejaremos tendido hasta que escurra el agua.
—¡No me pondré un pantalón húmedo! —De verdad, siento que mataré a este tarado.
—Por mí está bien, si quieres irte así… —Apunta hacia mis piernas desnudas con sonrisa de puto. Idiota—. Por cierto, ¿ropa interior de Batman? Es lo más femenino que he visto en mis veinte años de vida —dice con marcado sarcasmo, y vaya, ya sé la edad del bad boy comestible.
Lo miro mal e ignoro su burla. Me gustan mis calzoncillos de Batman.
El chico se acerca de forma peligrosa, y yo me echo para atrás por instinto. Ya saben, ese instinto de supervivencia; creo que este animal salvaje me quiere comer…
Sus labios aprisionan los míos, y recuerdo lo bien que besa este tarado. Se me sube encima y pasea sus dedos por mis muslos desnudos con delicadeza, y vaya, creo que estoy temblando.
Trato de liberarme, pero sostiene mis muñecas y me besa con fiereza. Estoy asustada, nunca había tenido tanta intimidad con un chico, y temo perder mi virginidad en un cuarto sucio y abandonado.
—Deja de resistirte y disfruta, sé que te está gustando. —¡Y este qué! Tan creído… Oh…
Besa mis pechos por encima de la tela, y yo tiemblo del gustito que eso me provoca. Vaya, creo que me he perdido muchas cosas ricas en la vida, y esta es una de esas.
El bad boy baja hasta mis piernas y me mira como loco depravado. Baja mis calzoncillos de Batman, y yo me espanto. Estoy petrificada al ver que la cara de Batman me mira desde el polvoriento suelo, y lo que sigue es… ¿Cómo definirlo? Nunca, jamás, había experimentado algo así. Es más delicioso que mi té con café, o cualquier comida. ¿Qué es esa sensación?
Me estremezco y abro más mis piernas, pues lo que ese chico hace con su lengua me transporta a un lugar lleno de colores.
—Qué rico… —balbuceo, extasiada.
Él sonríe sobre mis labios, y no son los labios de mi boca. Los movimientos hábiles me enloquecen, y por un momento me pierdo en mis lógicos pensamientos. ¿Cómo aguanta él ese olorcito? Digo, no me he bañado desde esta mañana, y ya está anocheciendo.
Él aumenta el ritmo, y yo me retuerzo, grito y golpeo el sofá hasta que mi cuerpo se relaja por completo. Él sonríe triunfante y se pone de pie, se sienta frente al lienzo y empieza a pintar. Me quedo pasmada en mi lugar y siento que me electrocuté, puesto que corrientazos recorren mi cuerpo y mi respiración es un caos. Mi corazoncito palpita como sapito saltarín, y una extraña sensación se apodera de mi pecho.
Es extraño que, después de sentir tanto placer, tenga ganas de llorar. Lágrimas mojan mis mejillas, y la culpabilidad me cachetea de repente. ¿Qué rayos estoy haciendo? Siempre critiqué el sexo frío y sin sentido; por eso me abstengo de leer esas novelas donde solo hay encuentros sexuales, manipulación y toxicidad.
Pero yo estoy tirada en un sofá con las piernas abiertas, mi parte íntima palpitando, con un chico que me tocó y me dio placer, pero que no está a mi lado siendo cariñoso; más bien, se muestra frío y distante, centrado en el lienzo al que le da color. No me ha dicho su nombre ni yo le he dicho el mío; sé que se llama Johnny porque Beyoncé lo mencionó.
Me abrazo a mí misma y empiezo a sollozar. Me siento sucia. Él me mira disgustado y resopla con hastío.
—Te lo gozaste como perra, y ahora te quieres hacer la santa víctima. Deja tu estupidez y ponte el pantalón; nos vamos en cinco minutos.
Se levanta de la silla, toma su camiseta y chaqueta, y se viste. Por mi parte, recojo a Batman y me pongo mi ropa interior; voy al baño, y se siente incómodo el pantalón mojado. En la carretera, con la brisa fría de la noche, mis lágrimas salen con libertad.

