Mundo paralelo: Capítulo 14

Esta es la parte 15 de 16 de la historia Mundo Paralelo

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El sol se había hecho sentir durante toda la mañana, potente y con malicia, lo que hacía que aquel entrenamiento intenso se sintiera aún más infernal. Rodeados de árboles y montañas, en un territorio algo alejado de la mansión —pero no tanto como para que su sublime presencia escapara de su campo de visión—, ellos se movían con gran agilidad, levantando polvo del suelo marrón, preparado especialmente para ese tipo de actividades.
—¡Ah! —se quejó Leela, secándose el sudor de la frente—. Admítalo, se está vengando por la ofensa del otro día —acusó, hastiada, provocando que el príncipe estallara en carcajadas—. ¡Y se atreve a reírse!
—Ja, ja, ja, ja… —Jing no podía parar; las lágrimas corrían por sus mejillas, mientras Leela cruzaba los brazos, enfadada—. Para que veas lo cortés que soy, te voy a dar una hora de descanso para que almuerces.
—¡¿En serio?! —gritó emocionada. Solo contaba con diez minutos para desayunar, quince para almorzar y diez para cenar. Luego entrenaban hasta tarde y dormían siete horas.
—Vamos —le indicó. Ella lo siguió; se sentaron bajo un árbol y sacaron comida de una canasta. Jing sonrió al verla comer con tantas ansias.
—Tranquila, la comida no se va a ir —dijo, echándose a reír.
—Últimamente como que se está burlando demasiado de mí.
—No es burla, Leela —la miró con ternura—. Es que eres muy jocosa. Además, me siento muy a gusto contigo. —Sonrió. Leela meneó la cabeza, intentando que esas palabras no le afectaran. Tenía que olvidar sus sentimientos por el príncipe, y él no la estaba ayudando.
—¿Estás bien? —inquirió él de la nada, pues ella se quedó pensativa por un largo rato.
—¿Perdón? —preguntó ella, atolondrada.
—Solo bromeaba, Leela. Puedes comer como quieras —continuó la conversación previa.
—Está bien, había olvidado que me dio una hora para el almuerzo. Ya sabe, la costumbre de ser masoquista —justificó su prisa, avergonzada.
—¿Quieres vino? —ofreció mientras levantaba una jarra de oro.
Ella asintió, y él le sirvió una copa. No pudo evitar contemplarlo con entretenimiento. De verdad disfrutaba esa bebida.
Leela se mordió el labio inferior al ver sus labios carnosos mojados por el vino.
—¿Qué? ¿Tengo algo en el rostro? —preguntó Jing al descubrirla mirándolo fijamente. Ella se ahogó con la bebida y él no pudo evitar reírse.
 
***
 
Después del almuerzo, Leela se sumió en sus pensamientos, y su mirada se perdió en el vasto azul del cielo, que carecía de nubes.
—Te queda media hora. ¿Qué harás? —la abordó el príncipe.
—Voy a darme un chapuzón en el río —respondió ella, estirando los brazos—. Necesito refrescarme antes de que la tortura comience.
—Yo también necesito refrescarme —dijo Jing, y se puso de pie mientras se quitaba la camiseta, quedando a merced de la intensa mirada de Leela, que babeaba ante la hermosa imagen que él le regalaba.
Ella, al darse cuenta de que lo había observado por demasiado tiempo, apartó la mirada con rapidez y se relamió los labios.
—¿Una carrera? —propuso Leela, un poco sonrojada.
—Está bien, perdedora —bromeó Jing con la intención de provocarla.
Ella enarcó una ceja y le dedicó una sonrisa desafiante antes de responder:
—¿Perdedora?
Él sonrió, divertido, y la miró con expresión airosa.
—Es obvio que perderás —dijo con malicia, ensanchando los labios con picardía.
—Nunca se le quita lo presumido —contestó ella, y entornó los ojos—. El último en llegar le dará un masaje en los pies al ganador —se atrevió a proponer, aunque al instante recordó que se trataba del príncipe, por lo que ese premio estaba fuera de lugar. Sin embargo, ya era tarde para retractarse.
—Espero que sepas dar masajes, Leela —aceptó él como si nada y le guiñó un ojo, lo que la dejó sorprendida—. ¿Lista? ¡El último es un pendejo! —gritó de repente y salió corriendo, dejando a Leela desorbitada.
Ella frunció el ceño ante la trampa y se lanzó tras él con rapidez para alcanzarlo.
Los dos saltaron por los aires y brincaron de árbol en árbol con agilidad; en muchas ocasiones se interpusieron entre ellos para detener al otro, pues ambos eran competitivos. Se dieron patadas, ataques con las manos, empujones con las caderas e hicieron sus piruetas de artes marciales.
Cuando el blanco estuvo cerca, aterrizaron en el suelo. Frente a ellos estaba el río, así que giraron y saltaron una vez más, cayendo primero el príncipe dentro del agua.
Rieron a carcajadas mientras se atacaban con el fresco y cristalino líquido. Minutos después, detuvieron su jugueteo para recuperar el aliento.
—Te dije que ganaría —fanfarroneó Jing con una sonrisa victoriosa.
—Hiciste trampa —lo acusó Leela, tuteándolo. No conforme con eso, lo manoteó en el hombro.
Le tomó unos segundos percatarse de lo que había hecho, y se quedó helada por un momento, en completo estupor.
—¡Lo siento! —gritó de repente, haciendo una reverencia.
Pero para su sorpresa, Jing le tiró agua en el rostro, juguetón.
—¡Oye! —le reclamó Leela, y se echó a toser.
El príncipe notó la tensión en ella, por lo que decidió tranquilizarla.
—Deja las formalidades para cuando estemos frente a los demás —pidió, y se le acercó tanto que el ambiente se tornó peligroso y aún más tenso, pues sus rostros contaban con poca distancia el uno del otro.
—No entiendo por qué me trata así —razonó ella, entre confundida y extasiada.
Dentro de sí había un terremoto de emociones. Su corazón latía con gran velocidad, mientras su cuerpo era azotado por escalofríos tortuosos. A eso se le sumaban el cosquilleo estomacal y la respiración sofocada. Sentía que moría, pero esa muerte le parecía dulce, porque el estrago de su cercanía era placentero.
—Te lo dije. Eres mi amiga secreta —le contestó él, y se quedó pensativo.
—¿Secreta? —preguntó ella, confundida.
—Sí, mi madre… —iba a explicar, pero Leela lo cortó al instante. Sabía lo que diría: la reina no permitiría que su hijo se relacionara con una persona como ella.
—Entiendo —susurró con una sonrisa comprensiva. Buscó su mirada, pero el brillo de la plata en su cuello captó su atención y, por primera vez, se fijó en la gargantilla que siempre había estado allí.
Era una joya plateada y muy hermosa; su textura era gruesa, como si fueran dos en una, y tenía un dije con la forma de dos piezas de rompecabezas unidas, como si debieran dividirse y volver a juntarse.
Ella no pudo resistir la curiosidad, así que la tocó.
¿Cuántos límites pasaría ese día con el príncipe?
—Eso es… —masculló Jing con la voz entrecortada.
—Lo sé —lo volvió a interrumpir, sin dejar de tocar la prenda.
—Mi esclavitud —Jing terminó la frase, y ella lo miró con asombro.
—¿Esclavitud? —preguntó, confundida, buscando sus ojos para encontrarse con una mirada triste y llena de frustración.
—Eres afortunada, Leela… —Jing le acarició el cabello mojado—. Eres libre de escoger tu destino. Eres libre de… —Hizo una pausa—. Eres libre de amar. Yo… nunca sabré lo que es estar con la persona que amo.
—¿Con la persona que ama? —Su corazón se arrugó al escuchar que el príncipe amaba a alguien.
—Ah… quiero… decir… este… —Las palabras apenas le salían, pero le era imposible articular una frase.
—¡No lo puedo creer! —Leela palmoteó su hombro y fingió una sonrisa, en un patético intento por ocultar su dolor—. ¿Quién es la heroína que ha descongelado el corazón del príncipe? Debe ser muy especial… —Bajó la mirada con tristeza.
—Creo que me expresé mal —trató de corregir—. No amo a nadie, Leela. Lo que quise decir es que nunca estaré con alguien a quien ame.
—Entiendo… —Respiró aliviada, como si eso fuera a cambiar algo entre ellos—. Pero su hermano y su esposa se aman —trajo a colación, pues ellos también vivieron el requisito de la joya.
—Ellos corrieron con suerte —contestó Jing—. Ya estaban enamorados desde mucho antes de que la prenda brillara.
—Oh... Pero no sabe si a usted le pase igual. Tal vez, cuando la conozca, se enamoren —decir aquello le provocaba náuseas.
—Tal vez... solo tendría que... —Dejó de hablar al reparar en lo que estuvo a punto de decir.
—¿Tendría? —preguntó, curiosa. No podía creer lo masoquista que era, pero sentía que el príncipe necesitaba hablar con alguien sobre eso.
—Nada —negó—. Pero sí, te envidio, Leela.
—¿Me envidia? —rio sarcástica—. Pero si usted lo tiene todo.
—Tengo todo y nada a la vez. Como un ave en una jaula de oro, soy esclavo de mi estatus. Tú, en cambio, puedes escoger a quién amar y ser feliz con esa persona.
—Eso no es cierto —negó, con una tristeza desgarradora, y bajó el rostro.
Jing sintió un leve temblor, pues entendía a qué se había referido. Se arrepintió al instante de haber tocado aquella cuerda.
—Yo... —continuó ella, pero él le puso un dedo sobre los labios para evitar que terminara la frase.
—El tiempo te hará entender que esos sentimientos no son más que admiración y agradecimiento. Entonces encontrarás el amor —le respondió Jing. Trató de sonar convincente, pero su voz era débil, y su paladar se inundó de un sabor amargo que solo unos labios podrían endulzar.
—Me gustaría creerle, pero mis sentimientos no son ni admiración ni agradecimiento. Tampoco podría amar a alguien más —refutó Leela con amargura.
Las lágrimas recorrieron su rostro y, por primera vez, se sintió débil y derrotada, pero al menos estaba exteriorizando lo que había cargado en su interior por tanto tiempo.
—¡Basta o cometeré un error! —Jing pegó su frente a la de ella y acarició su nariz con la suya. Sus ojos se aguaron, y luchaba contra sí mismo—. Basta... yo... no puedo...
—Lo sé... —Más lágrimas brotaron como torrentes—. Sé que es imposible. Usted no siente lo mismo que yo, así que nunca se fijaría en mí.
—Leela, yo...
—¡No lo diga, por favor! —espetó, desesperada, con miedo de escuchar su rechazo. Pero Jing la abrazó. Luego le susurró al oído, provocando que su aliento le quemara la piel de manera agradable:
—¿Si yo sintiera lo mismo por ti, serviría de algo? De todas formas, es imposible —se separó para unir sus frentes otra vez.
—Lo sé... —Ella bajó la mirada, en derrota—. Pero las dos verdades duelen.
—Yo creo que sería más doloroso saber que la otra persona te corresponde y no pueden estar juntos. —Acercó más su rostro, si es que fuera posible, y sus alientos se hicieron uno—. Saber que esa persona sufre por ti y no puedes hacer nada. Anhelar su compañía en silencio, estar limitado a proteger a ese alguien especial, a fingir que no te interesa, a obligarte a no besarla cuando es lo que más deseas hacer. Ese dolor, esa soledad, esa abstinencia, Leela, es insoportable.
 —¿Está seguro de que no ama a nadie? —inquirió desconcertada, pues sus palabras sonaban demasiado vívidas y cargadas de dolor, como si en verdad estuviera experimentando un amor prohibido.
Por su parte, el príncipe tardó unos segundos —que a ella le parecieron eternos— en responder.
—Ya te dije que no —contestó tajante.
—Si yo... —Leela lo dijo tan bajito que pareció un susurro.
—¿Sí? —indagó, impaciente por la tardanza en terminar la frase.
—Si yo lo beso por última vez... ¿se enojaría?
—Leela, si me vuelves a besar, te mando al calabozo por una noche.
—Creo que una noche en el calabozo se puede soportar.
—Ni se te ocurra —se distanció—. Somos amigos, no lo arruines.
—¡¿Tanto le repugno?! —exclamó avergonzada.
Ver la decepción, el sonrojo de la humillación y el dolor del rechazo en su bello rostro lo conmovió. No solo eso, el freno invisible que lo reprimía se rompió, y actuó conforme a ese impulso que le exigía probar sus labios, aunque fuera por última vez.
—¡Rayos, Leela! —gruñó, y la besó con fervor, como si fuera lo que más necesitara en ese momento.
Ella aún no lo creía. ¿Él la estaba besando?
Leela le acarició la larga cabellera y se dejó llevar por ese beso que tanto había anhelado. Su corazón latía con gran euforia y alegría, como si danzara por la emoción. También su respiración estaba muy agitada, pero no quería terminarlo. Necesitaba eternizar ese momento para siempre.
Él tampoco la soltaba. Bajó la intensidad para poder recuperar el aliento sin tener que separarse, pues sabía que, cuando lo hiciera, sería para siempre.
Sus labios dolían, pero no le importaba, ni reparó en las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Jing no dejaba de besarla, de saborearla, incluso cuando ya llevaban largos minutos sin tomar respiro. No quería distanciarse, no quería poner fin al delicioso placer de besar su boca.
Le dolía que fuera imposible. Le dolía que ella no fuera para él.
Ella sintió que su boca ardía, que se quedaba sin aire y que, en cualquier momento, dejaría de respirar; sin embargo, no quería regresar a la realidad. Si tuviera que morir allí mismo, lo haría a gusto con el sabor de sus labios sobre los suyos.
Jing, notando su incomodidad, abrió los ojos y se separó de ella lentamente. Ambos tenían los labios rojos e hinchados. Ambos tenían lágrimas añorantes y temerosas en sus miradas.

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Mundo paralelo: Capítulo 13 Mundo paralelo: Capitulo 15
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