Mundo paralelo: Capítulo 13

Esta es la parte 14 de 16 de la historia Mundo Paralelo

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Leela se sentía débil y mareada. Quería abrir los ojos, pero no tenía fuerzas. Sintió una caricia suave en sus mejillas, un gesto lleno de ternura, y balbuceó algo indescifrable. Los dedos que la tocaban se apartaron con rapidez, como si el contacto la hubiera incomodado. Un vacío gélido invadió el espacio a su alrededor, y la ausencia de quien había estado a su lado la envolvió de golpe.

Poco a poco, comenzó a recuperar la consciencia, y al fin consiguió abrir los ojos, que, al instante, fueron cegados por la intensa luz que se filtraba por la ventana. Notó la suavidad de las sábanas bajo su cuerpo y se alarmó al darse cuenta de que no estaba en su casa. Se incorporó de un salto, mirando confundida a su alrededor. Estaba en una habitación amplia y lujosa, que nada tenía que ver con su hogar.

¿Dónde rayo estaba?

La figura de un hombre se reflejaba de espaldas frente a la ventana. Le resultó familiar la fina ropa que llevaba. ¡El príncipe! Él se giró hacia ella, clavándole su mirada de color miel, un gesto que hizo que su corazón latiera con fuerza, acelerado.

 —¡Ya despertaste! —exclamó inexpresivo—. ¡Vaya paliza la que te dieron! —bromeó.

 —¿Dónde estoy? —preguntó abrumada, mas él sonrió.

 —¿Tan fuerte te golpearon que no reconoces el lugar? Estás en mi casa, viniste anoche herida —le respondió Jing, en un tono juguetón que lo hacía lucir malicioso.

 —¡¿Qué?! —Trató de levantarse, pero el dolor en su espalda la detuvo de inmediato. Un fuerte retorcijón la paralizó y, sin poder evitarlo, un gemido escapó de sus labios. Su mente era un torbellino de confusión, las palabras del príncipe no encajaban. ¿Cómo había llegado hasta allí? Los recuerdos eran fragmentos borrosos, como piezas de un rompecabezas incompleto, pero nada de eso tenía sentido. Miró a su alrededor, buscando algo familiar, pero la habitación lujosa solo alimentaba su desconcierto.

—¡Oye! —Él corrió hacia ella y la ayudó a recostarse de nuevo—. ¿Qué crees que haces? —le reprochó.

 —Irme a mi casa —respondió nerviosa. De todos los lugares a los que pudo haber ido, ¿por qué se le ocurrió aparecerse justo allí?—. No debo estar aquí, el maestro Lee y Ulises se van a preocupar.

 —El maestro Lee sabe que estás aquí —dijo, mirándola con recelo—. ¿Quién es Ulises? ¿Un familiar?

 —No —negó—. Él es un amigo. —Bajó el rostro.

 —¿Un amigo? —preguntó molesto—. ¿Por un amigo quieres salir de aquí en esas condiciones? —reclamó.

 —Él debe estar preocupado…

 —Ya veo... —La miró como si estuviera enojado de repente—. Debe ser una relación muy especial para que le debas explicaciones.

 —¿Explicaciones? —preguntó confundida—. No sé de qué habla —dijo mientras se masajeaba las sienes—. Me duele la cabeza —se quejó.

 —Voy a mandar a un criado que te traiga un analgésico y comida. Debes recuperar fuerzas —Le respondió con indiferencia, como si algo lo molestara, pero ella no estaba en condiciones de pensar en los arranques bipolares del príncipe—. Te quedarás aquí hasta que te recuperes. Después de tu mejoría, vamos a tener un entrenamiento intensivo, tú y yo —agregó y se marchó, dejando a Leela confundida. ¿Quedarse hasta recuperarse?

***

Leela se levantó con esfuerzo, pues el dolor de la herida en su brazo era tan intenso que le costaba incluso respirar. Comenzó a quitarse la bata que el príncipe le había enviado la noche anterior, con la intención de darse un baño reconfortante.

Era el segundo día en la casa de su arrogante amor platónico. Aunque se sentía algo mejor, la herida seguía haciéndole estragos. Se soltó el cabello, ya que hacía mucho tiempo que no lo lavaba.

De repente, la puerta se abrió. Leela quedó paralizada al ver al príncipe, cuya cara estaba roja como un tomate. No pudo evitar recorrerla con la mirada, demorándose unos segundos en sus ojos.

—¡¿Qué no sabe tocar?! —le reprochó, cubriéndose de inmediato con lo primero que encontró en la cama.

Él cerró la puerta detrás de sí sin decir una palabra, pero pudo escuchar a Leela desde el otro lado, soltando insultos a gritos. Sin embargo, estaba tan absorto en sus propios pensamientos que no le dio respuesta.

***

 —¡Qué vergüenza! —Leela se tapó el rostro mientras se lamentaba—. ¿Como lo voy a mirar a la cara ahora?  —se quejó, sentada sobre la cama. Había pasado dos horas desde aquel incidente, pero el príncipe no volvió a buscarla —cosa que ella agradeció— y ella no había salido de la habitación desde entonces. Los toques en la puerta la sobresaltaron y Leela se puso roja y más nerviosa de lo que ya se encontraba—. ¡Qué no sea el príncipe! ¡Qué no sea el príncipe! —rogó para sí.

 —Señorita, su desayuno. —Se escuchó la voz de una mujer detrás de la puerta. Leela respiró profundo y abrió aliviada.

 —Gracias —respondió nerviosa—. Por cierto... ¿Ha visto al príncipe? 

 —Él me envió.

 —Y... ¿Estaba enojado? —preguntó temerosa.

 —Ummm... —La muchacha pensó un rato—. Enojado, no. Pero estaba extraño.

 —¿Extraño?

 —Sí —afirmó—. Por cierto, dijo que cuando termine de desayunar se dirija a su estudio.

 —¿Qué? —Leela se llevó una mano a su frente—. ¡Oh, Dios! ¡No! —gritó como si hubiera recibido la peor noticia del mundo, ganando la atención de la chica, quien agrandó los ojos con sorpresa.

 —¿Pasa algo?  —La muchacha preguntó. Leela negó con gestos. La criada salió de la habitación y la dejó sola con su lucha mental.

 —¡Ay, nooooo! ¡Qué vergüenza! —volvió a lamentarse. En ese momento, deseaba que la tierra se la tragara o que ocurriera cualquier evento que impidiera esa reunión con el príncipe.

***

Leela caminaba despacio por el pasillo, como si estuviera evitando llegar a su destino, o al menos tratando de alargar el momento. Tragó saliva con dificultad cuando se encontró frente a la puerta. Respiró varias veces, pero eso no hacía más que intensificar su ansiedad. ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos? ¿Cómo podría estar frente a él y fingir que nada había sucedido? O, más bien, que él no había visto nada. Se tapó el rostro con ambas manos, girando la cabeza con brusquedad, como si intentara evitar lo inevitable.

 —¡Entra de una buena vez! —Escuchó la voz ronca del príncipe a través de la puerta. Respiró profundo antes de girar la manilla, luego entró con sus ojos apuntando al piso, pues no tenía el valor de mirarlo a la cara. El príncipe dejó salir una sonrisa que ella no notó—. Siéntate, por favor.

 —Sí, príncipe —asintió aun con la mirada hacia el pulido suelo y se sentó en un mueble que quedaba cerca de la puerta.

 —¿Qué crees que haces? —le reclamó él.

 —Dijo que me sentara, eso hice —respondió, evadiendo su mirada.

 —Si vieras en mi dirección entenderías a qué me refiero. —Ella lo miró y entendió al instante, lo que provocó que sus mejillas se tiñeran de rojo debido a la vergüenza. Jing estaba sentado sobre una alfombra con utensilios médicos y mirada inexpresiva—. Te llamé para limpiar tu herida. Acércate, por favor —le pidió con cortesía. Ella obedeció y sentó a su lado sin mirarlo. La expresión de él cambió a una más relajada, pues le entretenía su reacción.

 —Al parecer, nadie te había visto desnuda antes —respondió con picardía. Ella fijó su mirada desconcertada en él y, como si ese comentario hubiera evocado el accidente de la habitación, ambos se sonrojaron.

 —Le pido por favor que no mencione ese tema —comandó con voz tosca. El brillo de su mirada denotaba bochorno, lo que al príncipe le pareció divertido y se echó a reír—. ¿Qué es tan gracioso? —interpeló enojada.

 —La forma tan inmadura e infantil en que estás tomando el asunto. —Su respuesta poco empática aumentó la incomodidad en Leela.

 —¿Infantil? ¿Inmadura? —Sentía que explotaría de la rabia—. Usted puede ser muy príncipe y dueño de su casa, pero debe aprender a tocar antes de entrar a una habitación; me debe una disculpa. —Se cruzó de brazos.

 —Y tú debes asegurarte de que la puerta esté cerrada antes de empezar a desnudarte. No te debo nada, entré porque estaba abierta, así que supuse que serías lo suficientemente sensata como para no quitarte la ropa sin antes percatarte de cerrar la habitación.

—¡Ah! —gritó airada y llena de impotencia—. ¡No sabía que estaba abierta!

 —¿Porque eres una despistada! Deberías sentir mi presencia y avisarme que no entre. Así me hubieras evitado el trauma. —Leela sintió que su corazón se partió en dos al escuchar aquello. Además de sentirse avergonzada, se le sumó la humillación.

 En parte él tenía razón, pues debió percatarse de su presencia y asegurarse de que la puerta estuviera cerrada antes de desnudarse, pero él también debió tocar, es lo que una persona con sentido común haría.

 —Y usted es un indecente pervertido —replicó, ofendida—. Debió tocar y no lo hizo. Debió salir al instante y tampoco lo hizo. Se quedó mirándome como idiota. Degenerado, imbécil sin escrúpulos. —Se tapó la boca al darse cuenta de que acababa de ofender al príncipe.

Leela se arrodilló y pegó su rostro al suelo en forma de reverencia, acto seguido, empezó a disculparse. Tal vez así le perdonaría la vida. Sin embargo, la sorpresa la embargó cuando, en vez de una sentencia a muerte o un castigo en el calabozo, la risa del príncipe estalló en todo el estudio.

 Desconcertada, ella levantó rostro y contempló al príncipe reír con grandes carcajadas. No sabía si sentir alivio o asustarse más, así que empezó a temblar y a sudar frío por la incertidumbre.

 —¿Ya terminaste? —preguntó él, recuperándose de la risa. Leela se incorporó sorprendida.

 —¿No va a castigarme? —preguntó con recelo.

 —No sé cómo tomar lo que acabas de decir —bromeó—. ¿Acaso es una insinuación?

 —¡Ah! —Leela se tapó el rostro con las dos manos, demasiado escandalizada y exaltada, pues las palabras alusivas del príncipe calaron profundo y aumentaron los latidos de su corazón. Él, en cambio, volvió a reírse de ella—. ¡Usted! —Le apuntó con el dedo.

 —En serio, ya —dijo, tratando de recuperarse del ataque de risa—. No puedo contigo, Leela, si hubiera sabido que serías tan divertida, te habría invitado antes a mi casa.

Leela no podía creer lo que escuchaba. ¿De verdad saldría impune de aquello? Él había castigado a una guerrera por un comentario sobre ella, que ni siquiera fue una ofensa directa al príncipe. Pero Leela acababa de ofenderlo a él directamente, y él... ¿se reía?

—¿Acaso me ve cara de bufón? —le reclamó y se cruzó de brazos.

 —Con lo roja que la tienes, diría que sí. —Él sonrió malicioso, pero de repente se puso serio y le hizo señas con la mano—. ¡Pásame el brazo!

 —¿Es usted un príncipe? —musitó Leela, quien todavía lo contemplaba como si él no fuera real.

 —¿Qué? — La miró confundido, algo incómodo por la intensidad con la que la mirada gris de su subordinada lo observaba.

—Usted actúa muy raro —Ella entrecerró los ojos. 

 —La rara eres tú, que quieres que te castigue. —Apretó los labios para no volver a reírse.

 —No es solo eso...

 —Oh... Entonces quieres que te castigue...

 —¡Claro que no! —negó, sonrojada—. Gracias por perdonar mi imprudencia. —recuperó la compostura y bajó el rostro—. Lo que no entiendo es por qué usted tiene que curarme —añadió. El príncipe se quedó pensativo. Ni él mismo entendía su comportamiento con ella.

 —¿Hay algún problema? Si lo dejo en tus manos terminarás perdiendo el brazo y este es muy valioso —Ella negó decepcionada. Después de todo, solo le interesaba que su guerrera estuviera completa para la batalla. 

 —¡Listo! —anunció el príncipe, guardando los utensilios en una caja.

 —¿Puedo preguntarle algo? —Miró al piso avergonzada. Él asintió—. ¿Tan horrible me ve? —Su voz salió con tristeza. Él la miró confundido, pero entonces recordó el comentario anterior.

 —Fue una mala broma, Leela —Él desvió la mirada, avergonzado—. Aunque a veces, ver algo hermoso y saber que es prohibido te puede traumar.

 —¿Ah? 

 —No te imaginas por la gran inhibición que tengo que pasar, solo por el hecho de ser un príncipe. —confesó él con tristeza en sus ojos. Leela estaba muy sorprendida por la repentina y extraña charla—. Tú eres la única que me ha desafiado, pues te atreviste a tratarme como si fuéramos iguales... y por alguna razón extraña, eso no me desagrada. Puede que te considere una amiga, así como a Nico, Esteban y Bruno.

 ¿Una amiga? No sabía si emocionarse o llorar. Ella lo veía como más que un amigo, pero aquello era un avance. No todos se podían dar el lujo de ser llamados “amigos del príncipe”.

 —Siento ser tan atrevida, yo... no pienso antes de hablar.

 —Lo sé. —Sonrió. Acercó su rostro a ella y le acarició la mejilla. Como respuesta, Leela cerró los ojos, disfrutando de su dulce caricia. Ellos se quedaron inmersos en esa extraña, pero agradable cercanía por un rato.

Sus corazones latían vehementes mientras una sensación cosquilleante les recorría la piel. Para Leela, se sentía bien el roce de sus dedos sobre su piel; para él, era gloriosa la suavidad y calidez que recibía al acariciarla. Sin embargo, no podía permitirse seguir cruzando límites que podrían resultarles problemáticos en el futuro.

 —Mañana tenemos entrenamiento —cambió el tema de repente, sacándola de su ensoñación.  

Ella asintió decepcionada y un amargor le recorrió el pecho; tenerlo tan cerca y tan distante a la vez le hacía daño. ¿Por qué sentía aquello? ¿Cómo haría para deshacerse de sus sentimientos por él?

 —¿Estás bien? —Él le preguntó, al notar su mirada triste. Leela asintió con expresión desanimada mientras fingía una sonrisa—. ¿Ya no te gusta entrenar? Porque antes te emocionabas con la idea y, después de lo ocurrido en tu misión, estoy convencido de que tenemos que reforzar tus entrenamientos. Tus defensas y reflejos no están para nada bien... —Dejó de hablar por el asombro, pues fue interrumpido por el calor de ella. ¡Leela lo estaba rodeando con sus brazos! No sabía cómo reaccionar, así que se quedó quieto.

Ella apretó más el abrazo, refugiándose en el pecho varonil que le ofrecía consuelo, mientras las lágrimas, imposibles de detener, empapaban la camisa. No podía seguir engañándose; le dolía quererlo, le dolía que él no sintiera lo mismo, y sobre todo, le dolía saber que su amor por él era imposible.

***

Pasaron cinco días, y el brazo de Leela había mejorado de forma considerable gracias a los cuidados del príncipe y su mejor doctor. Él decidió posponer el entrenamiento hasta que estuviera completamente recuperada.

Leela se levantó esa mañana llena de energía, mucho más animada que antes. Durante los primeros días, lloraba todas las noches debido a la cercanía del príncipe, pero una mañana decidió dejar sus sentimientos de lado. Se enfocaría en mejorar, en convertirse en una guerrera y espía excepcional.

Su relación con Jing había cambiado de manera significativa, de formal a más relajada, y a medida que lo conocía mejor, comenzó a ver un lado más humano en él. Eso solo hizo que se enamorara más de lo que ya estaba. Pero no. Tenía que ignorar esos sentimientos y centrarse en mejorar sus reflejos, en prepararse para la batalla que se avecinaba.

Después de desayunar con el príncipe, salieron al hermoso patio. Él la condujo hacia el fondo, donde comenzaba el bosque. —Vamos. —Extendió la mano hacia ella—. Tu entrenamiento como espía oficial empieza hoy.

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