Mundo paralelo: Capítulo 2

This entry is parte 3 de 13 in the series Mundo Paralelo

Aquella mañana, Leela se levantó temprano para ir a su entrenamiento confidencial con el príncipe Jing. Era una práctica exclusiva y secreta entre ella y él, así que solo el maestro Lee estaba enterado; o más bien, solo él debía estarlo; sin embargo, Ulises también conocía acerca de estos encuentros y le había prometido a su amiga que mantendría esa información oculta.

Jing la entrenaba una vez a la semana en un dojo oculto en las alturas de una montaña. Para ella ese entrenamiento era todo un reto, debido a que pasaría dos horas a solas con su amor platónico, sumándole todos los roces que por obligación debían tener.  

Como la mayoría de veces, Leela vestía un pantalón lycra de color negro y una blusa blanca, holgada y larga hasta la cadera; su cabello estaba recogido en un moño que dejaba salir algunos flecos, que caían con libertad sobre su rostro; asimismo, llevaba unos zapatos de tela cómodos, muy apropiados para la ocasión.

Ella entró con recelo al lugar y encontró al príncipe sentado sobre sus rodillas en medio del dojo. Un suspiro disimulado salió de su boca cuando reparó en el pecho descubierto del apuesto hombre, cuya falta de ropa le permitía apreciar sus magníficos pectorales.

 Como guerrera, estaba acostumbrada a ver el torso descubierto de los hombres, pero contemplar al príncipe removía todo su interior.

Prefirió enfocar su atención en la acogedora cabaña, para evitar ser descubierta mientras se lo comía con los ojos.

El dojo era de madera fina y fuerte, ubicado en la cima de una montaña, donde se podían apreciar las nubes gracias a la altura. La paz y hermosura describían aquel lugar, pese a su rara decoración y carencia de muebles, pues allí solo se apreciaban unas cortinas blancas en las amplias y abiertas ventanas, que danzaban con la brisa.

De repente, él abrió los ojos. Sin previo aviso y con un movimiento rápido, Jing le lanzó una daga y saltó por encima del piso de madera, luego dio un giro de 360 grados en el aire hasta caer de pies con serenidad.

Gracias a su buen reflejo, Leela atrapó el arma con una mano y sin mover un músculo extra. Como respuesta, él sonrió satisfecho dado que le encantaba apreciar su habilidad.

 —Hoy la lección será un poco diferente a lo que solemos hacer. Aunque ya me has demostrado tener astucia para este tipo de trampas, no está de más practicar, chica ruda. La clase de hoy consistirá en coquetear —informó con una naturalidad que la descontrolaba. ¿Cómo podía soltar esas palabras con tanta serenidad cuando a ella le alteraba todo su ser?

 —¿A … c-coquetear …? —tartamudeó.

 —Claro. ¿Por qué me miras así? Serás espía, ¿recuerdas? Para algo ha de servir tu hermoso rostro. —Se acercó a ella con una sonrisa pícara y le levantó el mentón—. Porque, chica ruda, eres la guerrera más hermosa que tenemos en todo Zafiro —elogió mientras sus ojos mieles le dedicaban una mirada penetrante, que la estremeció por completo.

 —Bueno, exagera… —replicó con un brillo inusual en su mirada gris—. Usted ya ha visto mejores —escupió con malicia.

Él le soltó el mentón avergonzado, puesto que era obvio que ella lo había escuchado hablar con los chicos aquella vez, acerca de su apariencia.

 —Leela, yo…

 —Príncipe, no se salga del papel o al final seré yo quien lo enseñe a usar las armas del coqueteo —lo interrumpió a propósito, ya que no quería hablar de lo humillante que fue escucharlo decir que él había visto mejores bellezas, en especial porque estaba consciente de que era así, puesto que el príncipe tenía fama de tener una vida sexual muy activa con mujeres escogidas solo para él.

 —Tienes razón. —Sonrió—. Anulaste mi jugada con una simple frase, creo que sabes muy bien del tema.

 —Príncipe, toda mujer es una experta en las mañas de la seducción, por lo tanto, podemos omitir esta lección y concentrarnos en la pelea.

 —¡Te gusta pelear!

 —No, me gusta aprender. —Ella corrigió y se acercó a él con sutileza, acto seguido, le acarició la mejilla con la yema de su dedo índice.

A esa poca distancia, podía admirar su rostro varonil de cerca y guardar una imagen intacta para sus fantasías.

De repente, ella sacó la daga que él le había dado y lo atacó; sin embargo, Jing detuvo el ataque al doblarle la muñeca, pero ella giró y liberó su mano en el acto.

En el instante en que tuvo la distancia prudente para moverse con libertad, Leela arremetió con patadas en contra del príncipe, quien esquivaba sus golpes con facilidad.

En cuestión de segundos, ambos giraron por encima del suelo como si estuvieran compartiendo una danza sensual y peligrosa a la vez, con movimientos sutiles y cargados de flirteo.

De un momento a otro, la verdadera batalla empezó porque ellos lanzaban puñetazos y patadas, entretanto esquivaban los ataques, hacían ganchos y trataban de someter al otro; todos sus movimientos se llevaban a cabo por encima del suelo, pues les era fácil y más conveniente flotar en el aire mientras se atacaban con sus técnicas de arte marcial.

 Con una rapidez impresionante, Jing le apresó la muñeca derecha y la giró por encima de su cabeza para someterla por detrás, mas ella dio varias vueltas que impidieron la sumisión.

Ella dominaba la gravedad a su conveniencia, ya que le era muy fácil utilizar el espacio sin superficie como si fuese un ave que nació para el vuelo.

Con una velocidad sorprendente, Leela puso las manos sobre los hombros de su mentor, buscando un soporte para extender las piernas hacia arriba y, con un movimiento rápido, enredarlas alrededor de la cintura del príncipe.

Logrado su cometido, ella le rodeó el cuello con sus brazos, acción que dejó sus rostros tan cerca que sus respiraciones se hicieron una y sus ojos no dejaban de conectarse. Dejándose llevar por la emoción del momento, ella acortó la distancia entre sus narices, con una mirada coqueta que invitaba a la seducción.

 —Príncipe, ¿alguna vez ha besado? —preguntó lo obvio con una sonrisa maliciosa.

 —¿Qué hombre a mi edad no ha besado, preciosa? —respondió con picardía.

 —¿Cómo sabrán sus labios? —musitó mientras le acariciaba los contornos de la boca con su dedo.

 —¿Por qué no lo averiguas por ti misma? —sonrió provocativo.

 —Lo siento, por ahora paso —se negó.

En un santiamén, ella liberó a Jing y saltó por encima de su cabeza. Antes de que él se girara para enfrentarla, Leela se dejó caer detrás de él, entonces volvió a rodearle la cintura con las piernas, con la diferencia de que esta vez ella lo había atrapado desde atrás. Con un brazo le apresó parte del cuello y con la mano libre sostuvo la daga, cuya punta filosa entró en contacto con la piel sensible del príncipe, por debajo del mentón.

 —¿Me tienes en tus manos? —preguntó Jing con ironía, luego sonrió a medias.

De repente, sus brazos se deshicieron del agarre de su discípula con una rapidez y habilidad sorprendentes, acto seguido, le propinó un golpe en el estómago que la dejó sin aliento por unos segundos.

Sin tiempo que perder, su puño fuerte iba dirigido hacia su rostro, pero ella lo atrapó con sus dos brazos. De una pirueta, Leela subió sus dos piernas al aire para golpear el rostro de Jing mientras le sostenía el brazo; pero él se abalanzó de espalda y se dejó caer en el piso a propósito, quedando ella encima de él. De un movimiento rápido y manteniendo la misma posición, Jing le agarró ambas muñecas y le dio un jalón, para acercarla más a su rostro.

» ¿No deseas probarlos aún? —volvió ofrecer. Ella sonrió maliciosa.

 —Quiero mantener mis bellos labios intactos, así que paso.

Jing escupió una diminuta navaja de la boca que se clavó en la pared de madera.

» ¿Su oferta sigue en pie? —Ella sonrió con picardía, mas él negó.

 —Perdiste tu oportunidad, preciosa. —Jing la agarró por la cintura y la tiró contra la pared sin ningún reparo ni piedad, luego dio un salto que lo colocó de pies—. Aún tienes mucho por practicar antes de que te nombre como espía oficial —dijo con tono serio.

 Ella se limitó a asentir con decepción. Le parecía increíble lo rápido que él cambiaba de actitud, ya que, de ser coqueto, sonriente y juguetón; pasó a mostrarse frío e indiferente, como si la conexión anterior no hubiera existido. O quizás ella se tomó muy en serio la actuación anterior.

Leela se mordió el labio inferior al sentirse una tonta.

¿Por qué tenía que crearse fantasías en su mente para luego terminar tan vacía? Así eran sus prácticas con él: llenas de tensión, sensualismo y flirteo; para que después él culminara como siempre: distante, frío e indiferente.

***

 —Leela… Leela… ¡Leeelaaaa!

 —¡¿Qué?! —gruñó cuando Ulises la sacó de su ensoñación.

 —Oye, estás más distraída de la cuenta hoy. —Su amigo tronó los dedos—. Despierta, chica ruda.

  —Ulises… —balbuceó pensativa y suspiró con tristeza—. ¿Cómo haces para desenamorarte?

  —¿A “desenamorarte” te refieres a dejar tu obsesión con el príncipe?

  —No es obsesión. —Lo miró mal—. Realmente me gusta.

  —Debes olvidarte de eso —advirtió—. Él es un príncipe y tú… —Se rascó la nariz—. Tú eres… tú…

 —¿Por qué tengo que olvidarme de él solo porque es un príncipe? No entiendo la importancia de las divisiones sociales al punto de que se convierta en discriminación. Ni siquiera soporto que nos distingan como guerreros reales y no reales. Todos nosotros entregamos nuestras vidas en la batalla por nuestro reino.

» En cuanto a las diferencias sociales, ¿tiene algún sentido adjudicarle valor a una persona por su estatus económico u origen? Todos somos seres vivos que sentimos y sufrimos, vamos al baño y depositamos heces, como también poseemos las mismas partes del cuerpo. Entonces, ¿por qué una relación entre el príncipe y yo tiene que ser imposible?

Su amigo resopló por cómo concluyó su discurso.

 —Estás analítica hoy; sin embargo, el asunto con el príncipe es diferente —contestó—. No basta ser de sangre real.

 —¿Ah no? 

 —Eres la espía especial del príncipe y no sabes algo tan importante. 

 —Deja de regañarme, Angelito.

 —Y Tú deja de llamarme así.

 —Tú me dices chica ruda. 

 —Todos te llaman de esa manera y a ti mucho que te gusta. Pero yo soy un hombre, así que no me sienta que me nombres con diminutivos —se quejó enojado, mas ella rio.

 —Lo siento, Angelito —El rizado se cruzó de brazos.

 —Volviendo al tema —prosiguió rendido—. ¿Recuerdas la boda del príncipe coronado? —Ella asintió—. Pues fue con una chica de otro reino porque ella era su esposa elegida, su complemento. —Leela agrandó los ojos.

 —¿Por qué nunca me enteré de eso?

 —Porque siempre estás sumida en tu mundo “suspira príncipe”.

 —Entonces, ¿dices que los príncipes no se casan sino con esa persona elegida? —Él asintió—. Y, ¿cómo lo saben?

 —¿Has notado la gargantilla que el príncipe Jing siempre lleva puesta? Pues son dos joyas unidas y que dan la apariencia de ser una sola. Cuando el príncipe Jing conozca a una mujer que logre convertirse en su complemento y amor genuino, la gargantilla se dividirá.

» Ese será el momento apropiado para él colocarle la joya y, si las dos brillan en conjunto, eso significará que ella será la elegida. Desde ese momento, siempre que estén cerca el uno del otro, las gargantillas emanarán un brillo sutil que casi no se notará; no obstante, si duran mucho tiempo sin verse o sucede una separación y se juntan de nuevo, las gargantillas dejarán salir un resplandor intenso para recordarles su relación. Es lo poco que se ha revelado acerca de ese asunto y solo los allegados a la realeza conocen el misterio de la joya sagrada.

 —Vaya… Me gustaría ponerme esa gargantilla. —Suspiró.

 —No eres de sangre real —refutó con una sonrisa maliciosa—. Solo una persona con sangre real puede ser el complemento del príncipe.

Leela miró en dirección al suelo con el ánimo decaído.

 —¡Y vuelven las separaciones sociales! 

 —Es mejor que te olvides del príncipe. Además, eres una guerrera, no serías una esposa ideal para ningún hombre.

Leela asintió con tristeza en sus ojos. Hubiese deseado nacer bajo otras circunstancias o que el mundo fuese diferente.

***

La alarma la despertó como todos los días, así que ella se incorporó sobre la cama exaltada. Otra vez su cuerpo estaba cubierto de sudor frío y ese vacío que la deprimía se volvía a instalar en su pecho. Dos lágrimas le recorrieron el rostro, debido a la impotencia que aquellos sueños le provocaban. Odiaba sentir esa tristeza al despertar, como si algo o alguien le faltara.

Se levantó de la cama con parsimonia y sin querer hacerlo, mas tenía que prepararse para irse a trabajar. Como jefa de edición en una agencia de periodismo, tenía que llegar a tiempo para lidiar con las personas a su cargo y todo el trabajo que ellos le enviaban para que ella les diera el visto bueno. En esos días, se le había acumulado mucho trabajo, gracias a que otra vez le estaban dando bajones emocionales.

Después de vestirse, apenas probó el desayuno y le dio de comer al gato que se encontró hambriento en la calle, a quien no le había encontrado un dueño aún.

 —¡Adiós, Angelito! —No supo por qué lo llamó así, pero le sentaba bien el nombre. Ella tomó sus llaves y emprendió la marcha hacia su labor.

Al mediodía, decidió tomarse un descanso para almorzar fuera de la oficina.

 —¡Hasta que por fin saliste de tu encierro! —la sorprendió su compañera de trabajo y amiga—. Toda esta semana, he tenido que almorzar sola porque tú ni te dejas ver.

 —Es que tenía mucho trabajo acumulado. Además, en estos días me he sentido fuera de lugar, ¿será el estrés? —respondió ida.

 La amiga la miró suspicaz, mas no le respondió.

Pronto llegaron a un restaurante que les quedaba cerca de la agencia, al que ellas solían ir para el almuerzo.

 —¿Otra vez soñando con el nunca jamás? —retomó el tema inicial de forma repentina, después de que el mesero se llevó el menú.

 —Es un sueño tan real que cuando despierto lloro. ¿Crees que debo agendar una cita con un psicólogo? —respondió con naturalidad, ya que ellas habían charlado acerca de ese asunto muchas veces.

 —Lo que necesitas es un hombre que te quite todo el estrés acumulado por falta de sexo.

 —Tú y tus cosas… —Meneó la cabeza con una sonrisa divertida y sus mejillas se ruborizaron.

 —Piénsalo, Nora; sueñas con un príncipe que está buenísimo y con quien sales a la batalla. —Soltó una risita maliciosa—. Necesitas un hombre para dar la batalla más placentera que hayas peleado en tu santa y cohibida vida. —Ambas rieron.

 —Mi mente no está puesta en un hombre ahora. Yo… necesito algunas respuestas, no sabría explicarlo. —Se arrepintió al dejar salir esas palabras, pues sabía que para su amiga no tendrían ningún sentido—. ¿Alguna vez has sentido como si pertenecieras a otro lugar y tuvieras otra vida?  —¡Claro que sí! —La rubia asintió—. Debería ser millonaria, vivir en Hollywood y estar casada con Brad Pitt. —Ambas estallaron en carcajadas.

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Mundo paralelo: Capítulo 1 Mundo paralelo: Capítulo 3
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