—Señorita Allen. —Esa voz—. Estoy esperando por usted en mi oficina. ¿No me diga que olvidó su deuda conmigo?
—¡Oh, por Dios! —soltó, olvidándose de la persona en la otra línea.
—Allen, ¿está bien?
—Sí, sí. No se preocupe, estaré pronto en su oficina. —Entonces recordó el chisme en el que estaba metida, por lo que recapacitó que salir a la vista de todos con su jefe no era la mejor de las ideas—. ¡Estoy acabada! —dijo para sí.
—Allen… ¿Dijo algo? —Escuchó la voz de su jefe con tono confundido.
—No…, es que tengo que hacer algo…, solo serán unos minutos… Nos encontraremos en la gasolinera que está cerca de aquí… Es a un bloque… —No dejaba de tartamudear.
—¿Está bromeando? —Su voz la desconcertó.
—Es importante, solo serán unos minutos…
—No me refiero a darle unos minutos, Allen. ¿Por qué tenemos que encontrarnos en la gasolinera?
—Ah…. Es porque debo comprar algo de urgencias.
—¿En la gasolinera? —¡Estaba acabada!
—Sí… ¡Hay una pequeña tienda allí! —recordó en voz alta.
—Entonces la llevo, y cuando haga sus compras, nos vamos. —Esto no le estaba pasando de verdad. Necesitaba una excusa válida para poder salir ilesa del aprieto en el que se encontraba.
—Lo siento…
«situaciones desesperadas requieren soluciones desesperadas», pensó.
» ¿Señor Anderson? Me… —Topaba el teléfono con sus dedos, fingiendo interrupciones—. ¿Me escucha?
—Allen, ¿me escucha?
—No lo escucho… si me… escucha…, lo espero en la gasolinera… —Cerró el teléfono de golpe y respiró profundo—. ¡En qué loca me estoy convirtiendo! —se lamentó. Salió de la oficina a hurtadillas y mirando por todos lados como si temiera ser descubierta, luego se escondió detrás de una pared porque vio salir a su jefe por el pasillo.
—¿Qué haces?
—¡Ah! —Saltó del susto.
—Nora, ¿estás bien? —Su amiga la miró extrañada.
—Oh, eres tú, Lidia. —Sonrió con cara de loca.
—¿Por qué o de quién te escondes? —indagó, alzando las cejas como si la juzgara.
—De nadie… —Soltó una risita fingida y su amiga la miró con recelo—. Debo irme ya, Lidia. —Apresuró el paso.
—¡Qué rara está Nora últimamente! —dijo para sí.
***
Ella llegó a la gasolinera casi corriendo, miró por todos lados, pero no veía a su jefe. De repente, un Ford Fusion rojo se estacionó frente a ella. Su corazón palpitó con fuerza cuando el vidrio del auto bajó, descubriendo el atractivo rostro de su jefe. ¿De verdad cenaría con él? La puerta del auto se abrió y ella se sentó. No esperaba que el estuviera conduciendo y que ella estuviera sentada en el copiloto; si alguien de la oficina la viera en ese momento, sería su fin.
—¿Dónde está? —preguntó Edward mientras buscaba algo con la mirada, mas ella lo miró confundida—. Dijo que vino a comprar algo.
—Ah… —Recordó su mentira y lo miró aterrada—. No encontré lo que buscaba —mintió, ocultando su mirada.
—¿Preocupada por los rumores? —Sonrió con descaro y emprendió la marcha. Nora agrandó los ojos al saberse descubierta y lo miró apenada, provocando que él sonriera de nuevo.
—¿Cambió de vehículo? —desvió el tema.
—La limusina era provisional hasta que me dieran mi propio automóvil —dijo sin quitar la mirada del camino—. Por cierto, lo del teléfono fue muy obvio. —Dejó salir una risita y ella se sonrojó de la vergüenza. ¿Por qué tenía la mala suerte de estar tan expuesta ante él?—. Diríjame —soltó de repente y ella lo miró confundida—. Se supone que usted es quien me va a llevar al restaurante, va a ser mi guía.
—Ah… —Sonrió más tensa aún. Ella no frecuentaba restaurantes caros, así que no tenía ni idea.
—Lléveme a su restaurante favorito —pidió, luego puso sus ojos sobre ella, provocando que Nora se ponga más nerviosa de lo que ya estaba.
—No creo que le guste mi restaurante favorito.
—Soy yo quien tiene que juzgar si me gusta o no.
—No frecuento restaurantes lujosos, Señor Anderson.
—Llámeme Edward. Y no me importa si es lujoso o no, siempre que la comida sea decente. —Ella rodó los ojos.
—Señor Anderson… —Él aclaró la garganta—. No podría llamarlo por su nombre…
—¿Por qué no? —Sonrió. Cada vez que lo hacía la estremecía. ¿Cómo alguien podía tener una sonrisa tan linda?—. No estamos en la empresa, por lo que aquí yo no soy su jefe. —Ese fue un golpe directo a su estómago. ¿Cómo un hombre que apenas llevaba un día conociendo la hacía sentir todo eso?
—No me atrevo ni en la empresa ni fuera de ella.
—¿Por qué, Nora? —La miró a los ojos con picardía. Ese fue el golpe final. Escuchar su nombre en sus labios era demasiada emoción para su cuerpo.
—Doble a la izquierda —comandó, tratando de disimular lo nerviosa que él la ponía—. ¡Señor Anderson, llegamos! —Sonrió triunfante.
Se bajaron del auto y se adentraron al restaurante. Nora se moría de la vergüenza, ya que no era nada lujoso, pero al menos era famoso por su deliciosa comida típica. Pronto ubicaron una mesa que les daba un poco de privacidad y se sentaron uno frente al otro; a él no se le borraba la sonrisa de la cara, tampoco dejaba de mirarla, acción que a ella la descontrolaba y hacía sentir acorralada.
—Vamos a pedir —propuso Edward y se enfocó en revisar el menú—. Un vino, por favor —ordenó, después de que hizo su pedido.
Cuando le trajeron la bebida, Nora lo observaba degustarla con una elegancia y deleite que le parecía familiar, como si ya hubiese vivido aquel momento.
—¡Me encanta el vino, Nora! —expresó, saboreando el líquido con calma. Ella se sonrojó, puesto que escuchar su nombre en sus labios otra vez la enloquecía. Nora se tomó el vino que tenía en la copa de un solo trago, ganando la mirada de sorpresa de su jefe quien luego le sonrió con picardía; era obvio que él notaba lo nerviosa que la hacía sentir—. ¿Cuánto tiempo tiene en la empresa, Nora? —mencionaba su nombre en cada oración, pues le gustaba como ella se sonrojaba cuando lo hacía.
—Unos dos años, creo —respondió indiferente.
—Debe ser muy competitiva para haber crecido tan rápido en la empresa.
—Lo dice un CEO tan joven —ironizó con una sonrisita.
—Prácticamente, he crecido en los negocios de la empresa. Empecé a trabajar allá antes de entrar a la universidad. —Hizo pausa y la miró a los ojos—. Bueno, ser el hijo de los dueños también ayuda un poco. —Ambos sonrieron y él quedó prendido con su sonrisa—. Por lo menos sonrió. Está muy tensa y la idea es pasar un momento agradable.
—Siento mucho si lo incomodo. Últimamente, no estoy en mis cabales. —Suspiró.
—Entiendo. —Sonrió—. Me imagino que algo tiene que ver conmigo. —Ella agrandó los ojos—. No me mal interprete, me refiero al hecho de los chismes en la oficina; que yo no haya mencionado nada al respecto no quiere decir que no me entere de lo que dicen. —Nora se cubrió su rostro con impotencias. Estaba hastiada de aquella situación sin sentido.
—No entiendo de dónde sacan todo eso…
—Creo… que nuestras miradas son muy obvias —afirmó serio y su escrutinio le penetró el alma.
—Ah… —No sabía qué decir, ¿acaso él le estaba dando a entender algo—. ¿Nuestras miradas?
—Bueno… no me va a negar que es extraño el sentir que ya nos habíamos conocido. El asunto es de dónde. ¿O no siente lo mismo? —la confrontó.
—Es cierto. Se me hace muy familiar… —Nora asintió con la cabeza.
—Usted también a mí. Eso me intriga mucho porque no recuerdo haberme emborrachado nunca; es más, nunca he ido a un bar… —afirmó pensativo.
—Yo tampoco.
—¿Qué tal en la universidad? ¿Asistió a alguna fiesta?
—No sabría decirle —respondió ida, ganándose la mirada confusa del asiático—. No tengo recuerdos de la universidad si le soy sincera —y esto es algo que no le he dicho a nadie—, yo no recuerdo mi pasado, solo tengo algunas imágenes vagas de unos meses para acá.
—¿En serio? —Él la escrutó perplejo—. ¿Tuvo algún tipo de accidente?
—No creo… —Negó con la cabeza—. Solo desperté un día sabiendo lo que tengo en el presente, pero sin un recuerdo del día anterior, eso incluye mi pasado. Desde entonces… —Dejó de hablar.
—¿Desde entonces? —preguntó interesado, puesto que él empezó a dibujarla meses atrás, y aunque no olvidó su pasado, sentía que todo lo que vivió anteriormente fue como un sueño que quedó borroso en su memoria.
—Olvídelo, es una tontería —restó importancia, pues no le diría que sueña con él todas las noches.
Edward asintió decepcionado. El tiempo pasó rápido mientras ellos estaban sumidos en una amena conversación sobre temas triviales y de las situaciones graciosas que sucedían en la empresa.
Él la llevó a su apartamento y, una vez allí, le abrió la puerta del auto y la acompañó a la entrada. Se puso frente a ella y no dejaba de mirarla como si no quisiera irse de su lado. No recordaba haberse sentido tan bien y feliz antes de esa noche.
—Deberíamos repetirlo —dijo nervioso.
—No creo… —Ella dudó un momento—. No sería conveniente, si alguien nos ve…
—Que importa si nos ven. ¿Acaso es un delito que seamos amigos?
—Sabe que no lo tomarían como una amistad.
—¡Y eso a quien le importa! De todas formas, hay probabilidades de que nuestra relación vaya más allá de una amistad. —Su expresión era la misma, pero no parecía que bromeara—. Somos adultos, Nora, no tenemos que dar muchos rodeos al asunto.
—Señor Anderson, creo que ha confundido las cosas.
—La que confundió las cosas fue usted, Nora. —Sonrió—. No le dije que tengo ningún tipo de interés, aún. Me gustaría ser su amigo sin cerrarme a las posibilidades de algo más que una amistad —ella bajó el rostro, avergonzada. Él se acercó y sus miradas se cruzaron.
—Buenas noches, señor Anderson. —Nora rompió el contacto con brusquedad.
—Buenas noches, Nora. Piense lo que le dije, sería divertido compartir con alguien de vez en cuando. —Ella asintió en respuesta y ambos tomaron su camino.
***
—No tienes que disculparte, Marcos. —Ella le dio un golpecito suave en el hombro mientras él hacía un puchero triste—. Yo exageré…; no fue un buen día.
—Yo no debí echarle leñas al fuego, Nora —se lamentó—. Te invito a almorzar como forma de disculpas. —Sonrió malicioso.
—Está bien, vamos.
Ellos salieron de la oficina y llegaron al restaurante al que ella frecuentaba con Lidia. Después del almuerzo, empezaron a hablar sobre algunos reportes que Marcos estaba haciendo.
—Al principio, pensé que las luces en el cielo en las noches eran fuegos artificiales, pero… ¿por qué razón alguien encendería fuegos artificiales todas las noches?
—Me he preguntado lo mismo. —Nora pensó un rato—. ¿Desde cuándo aparecen esas luces en la noche?
—Unos tres meses, más o menos…
—¿No te parece que desde ese tiempo pasan cosas extrañas en esta ciudad?
Marcos asintió a su pregunta con movimientos de cabeza.
—Sí. Estos días hemos tenido muchos reportajes buenos, lo que no es conveniente para la sociedad. Todo pasa en las noches. Las personas se vuelven más violentas y desequilibradas, en especial, cuando aparecen las luces en el cielo. Hay más desorden y delincuencia, sin mencionar los accidentes, y todo esto ha incrementado en los últimos tres meses.
—¿Crees que las luces tengan algo que ver?
—Llámame loco, pero estoy seguro de que es así. —Ella lo miró entretenida. Ya nada podía sorprenderla, y llamar loca a una persona sería irónico dada la situación en la que ella se encontraba.
—No podría llamarte loco por eso, es más, estoy muy interesada en el tema. Cualquier información que consigas, por favor, hazme saber —pidió ella, a lo que él asintió. Marcos le sostuvo las manos con ternura, conmovido por el interés que ella mostraba en las cosas que a él le interesaban. Ella las liberó de su agarre con sutiliza para no ofenderlo. Entendía el interés que le mostraba, pero lamentablemente, ella no sentía lo mismo por él.
***
Otra mañana en la que ella despertaba con aquella extraña sensación. No recordaba el sueño de la noche anterior, pero el sentimiento de vacío y tristeza le apretaba el pecho una vez más.
Levantarse de la cama para ir a trabajar fue una tarea muy difícil. Las lágrimas le recorrían las mejillas y la impotencia y desesperación le quitaban el aliento. Para todos, ella era una persona exitosa, pero la realidad es que ella no soportaba aquel trabajo ni la vida solitaria y vacía que trataba de disimular.
Por alguna razón extraña, sentía que no pertenecía a las cuatro paredes y limitaciones de una oficina. Tenía tanta energía suprimida que le causaba ansiedad. Muy en el fondo sentía que ella era algo más que una jefe de edición. A veces quería escapar y volar por los aires; sonaba loco, pero era lo que sentía.
Llegó a la empresa y notó que todos la miraban de forma extraña. Mientras caminaba por los pasillos escuchaba los murmullos, también se percataba de cómo sus compañeros de trabajo hacían silencio cuando ellos reparaban en su presencia. Ignorando esa situación incómoda, Nora entró a la cocina para deleitarse con su bebida cafeinada antes de empezar con su labor. Para su sorpresa, su jefe estaba frente a ella, sosteniendo una taza de café.
—¡Buenos días, señorita Allen! —saludó muy expresivo, demasiado diría ella, lo que le pareció un poco sarcástico y la puso alerta. Por lo menos no la estaba llamando por su nombre.
—¡Buenos días, señor Anderson! —le devolvió el saludo mientras endulzaba su café.
—Discúlpeme por mi comportamiento del otro día; yo… no sabía acerca de su relación con Méndez. —Trató de que la voz no se le quebrara.
—¿Mi relación con Méndez? —preguntó confundida.
—No se preocupe, Allen. No tiene por qué pretender ignorancia. No estoy en contra de los amoríos en la empresa, siempre y cuando, eso no afecte su trabajo.
—No pretendo nada —replicó confundida—. No sé de dónde saca esa información, pero le puedo asegurar que no es cierta.
—Una imagen habla más que mil palabras —respondió Edward con disgusto en su expresión y se apresuró a mostrarle el grupo del chat de la empresa, donde había una foto de ella y Marcos agarrados de la mano en el restaurante donde habían almorzado.
Por supuesto y, para su propia desgracia, la foto fue arreglada para que mostrara más intimidad y cercanía de la que realmente tuvieron. A esto se le sumaba un mensaje que decía: «Descubrí a estos dos tórtolos en el restaurante hoy; ya sospechaba sobre su relación, pero esta romántica escena me lo confirma. Lamento no haber podido tomar la foto del beso a tiempo, pero sí se besaron y todo».
—¡Ah! —gritó Nora escandalizada—. ¡Eso no es cierto! —Miró el mensaje de nuevo y se sorprendió al ver el usuario que lo había enviado—. ¡Lidia! ¡Estás muerta! —Salió de allí, echando chispas del coraje.
